Por qué debes gestionar mejor tu productividad

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Objetivos, rendimiento, rentabilidad, resultados… Todas estas palabras son el preámbulo de una de los conceptos claves del éxito: productividad. Porque, a fin de cuentas, en un entorno como el actual, este es el valor diferencial que puede hacerte destacar, no solo en el ámbito profesional, sino también en el personal.

Centrándonos en nosotros mismos, lo primero que nos aportará la productividad, por contradictorio que te parezca, es la liberación del estrés. Nos preocupamos enseguida pensando que productividad significa sobresfuerzo, cuando precisamente va en la dirección de conseguir la eficiencia necesaria para evitarlo. Uno de los errores de productividad en emprendedores es el sobresfuerzo que se deriva de la no consecución de objetivos de manera sistemática.

Cuando somos eficientes completamos tareas en el tiempo planeado, somos capaces de absorber imprevistos y conseguir nuestros objetivos principales. Por consiguiente, trabajamos con menos estrés. Si añadimos a esto el placer de ver materializadas una tras otra nuestras metas, ya tenemos la receta del éxito profesional. Por lo tanto, nuestro foco será asegurar un elevado nivel de productividad.

¿Cómo puedes aumentar tu productividad?

Para aumentar la productividad debemos ser altamente ejecutivos. Es decir, resolver. Para ello, necesitamos dos estrategias capitales: organización (planificación) y concentración.

Organización

La organización implica tener claros una serie de puntos sin los cuales poco podremos planificar. Debemos tener presente, cuando hablamos de organización:

– Qué objetivos perseguimos.

– Qué tareas han de realizarse para conseguirlos.

– El coste de esas tareas.

– Ordenarlas por prioridades.

– Las recompensas que nos dará su ejecución

Es importante realizar este ejercicio para poder tener un mapa claro de lo que tenemos que acometer. En este punto, introducimos dos subestrategias en al apartado de organización: categorización y simplificación

Debemos saber categorizar. Con ello, nos referimos a discernir entre importante y urgente, y realizar los cuatro cuadrantes de Stephen Covey de gestión del tiempo. Nuestro mundo ideal es realizar tareas importantes y no urgentes. Si planificamos bien, tendremos siempre huecos para poder acometer los ‘incendios’ (tareas importantes y urgentes).

Vistos estos dos cuadrantes, los otros dos son el objeto de la simplificación. Evitaremos pérdidas de tiempo (tareas urgentes, pero no importantes) y anularemos todo aquello que no sea ni importante, ni urgente.

Concentración

Conseguido este punto, pasamos a la concentración. Debemos saber escoger el momento del día donde sabemos que nuestro rendimiento es máximo y aprovecharlo. En este punto, también vamos a incorporar dos subestrategias: creación de hábitos y cuidado de uno mismo.

Efectivamente, sin disciplina tampoco vamos a conseguir aprovechar todo el esfuerzo organizativo anterior. Levantarse razonablemente pronto y seguir una rutina de hábitos ayudará a nuestro cuerpo y mente a encontrar una dinámica. Esta dinámica nos dará el patrón de los momentos del día en que gozamos de mayor concentración y aquellos en que podemos realizar tareas más mecánicas.

El cuidado de uno mismo es crucial, ya que hablamos de sacar rendimiento a nuestro cuerpo y nuestro intelecto. Dieta equilibrada, con el tiempo necesario para comer, pausas periódicas para dar un paseo o estirar las piernas y pequeñas recompensas por logros conseguidos. Estos son hábitos que refuerzan tu efectividad y debes emplearlos.

Y así, cada día.

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